195. Discursos. Vol. IV

Traducción y notas de J. M. Baños Baños. Revisada por J. Aspa Cereza. Una figura como la de Cicerón es de las que, por sí solas, sirven para llenar un siglo. Y si en la vida pública no tiene el genio de un César o un Augusto, en la oratoria y —en un sentido amplio— en la vida intelectual y artística no tiene parangón en su época. Pero no se trata sólo de que Cicerón sea el primer orador de su tiempo y de la historia de Roma: es que nuestro autor es el creador de una prosa ya capaz de expresar tanto las complejidades del pensamiento abstracto cuanto el equilibrio, gracia y frescura indispensables para una verdadera prosa artística. Por otro lado, al adaptar, refundir y traducir obras filosóficas griegas no sólo ha creado un vocabulario filosófico, sino que ha transmitido a la cultura occidental noticias e información sobre la filosofía helenística que de otro modo se hubieran perdido del todo. Tampoco son de poca monta sus tratados retóricos, que, sin tener la agudeza y originalidad de un Aristóteles en estos temas, presentan en cambio este arte como un magno edificio intelectual que integra en sí y abraza la cultura toda, la paideia; sin olvidar por otra parte que, de los autores antiguos a nosotros llegados, es el primero que plantea o vislumbra algo así como una historia de la literatura. El tomo IV de los discursos cubren fundamentalmente los años 57-56, es decir, la época inmediatamente posterior a la vuelta del destierro de Cicerón, y que se concretan tanto el agradecimiento ante el pueblo y el senado por haber votado el final de su destierro como en la voluntad por parte de Cicerón de recuperar la casa de su propiedad que Clodio, con el pretexto de haber sido edificada en suelo sagrado, había hecho demoler: se trata pues, de discursos con un trasfondo común: Clodio, su mortal enemigo. De los restantes, sólo destacaremos dos, En defensa de Sestio y En defensa de Milón, que, asimismo, tienen un hilo conductor: la violencia, en el primer caso instigada por Clodio y en el segundo —posiblemente instigada por Milón, pero con preclaros ejemplos anteriores por parte de aquél— sufrida por Clodio. Este discurso que, al parecer, resulto mucho más vibrante en el scriptorium de Cicerón que ante los rostra, marca un punto de inflexión en la lucha política en Roma y se considera como uno de los claros antecedentes de la guerra civil que iba a estallar tres años más tarde.

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