Discursos (iseo)

Introducción, traducción y notas de M. ª D. Jiménez López. Revisada por F. Cortés Gabaudan. Los antiguos eran muy aficionados a establecer listas canónicas, así la de poetas líricos, trágicos, cómicos, etc., y por supuesto no había de faltar la de los oradores (que eran diez), entre los que se contaba Iseo. En realidad es muy poco lo que se sabe con certeza de este orador, ni siquiera si era ateniense o de Calcis en la isla de Eubea (lo que explicaría que, como extranjero en Atenas, no se dedicara a la oratoria política y se concentrara en la judicial, haciendo discursos de encargo que leía el interesado). Debió de nacer en torno al 415 a. C. y su actividad como orador y profesor de retórica hay que situarla aproximadamente entre los años 90 y 40 del siglo IV, que fue el siglo dorado de la oratoria ateniense. Es posible que Iseo fuera discípulo de Isócrates (de lo que darían fe ciertos rasgos estilísticos), y en todo caso fue maestro del orador por antonomasia, Demóstenes, sobre el que ejerció una profunda influencia. De los más de cincuenta discursos de Iseo que conocían los alejandrinos, los azares de la transmisión manuscrita sólo nos permiten leer hoy once, un largo fragmento de otro (En defensa de Eufileto) y algunos breves fragmentos más. Como la edición alejandrina estaba organizada temáticamente, resulta que los once discursos conservados (los que la encabezaban) tratan el mismo tipo de problema judicial, los pleitos por herencias. No hace falta decir que, desde un punto de vista puramente histórico, se trata de documentos de gran valor para conocer el derecho privado ateniense y, en general, la vida social de esa época. En cuanto al arte de Iseo, siempre se lo ha comparado con el de su contemporáneo Lisias (cf. B. C. G. 122 y 209), destacando el carácter más práctico de aquél, que busca en sus discursos la máxima efectividad, sin rehuir los tecnicismos jurídicos, y que organiza sus piezas con una sólida estructura argumentativa, aunque desde luego no exenta de sofismas si la situación lo exige (ya en la Antigüedad Iseo tenía cierta fama de embaucador). La posteridad no fue demasiado justa con Iseo, siempre a la sombra de las grandes figuras del siglo iv: Isócrates, Lisias, Demóstenes, etc. Los propios romanos lo ignoraron casi por completo, y el resultado de ello han sido los pocos estudios y traducciones que se le han dedicado. De ahí el interés de este volumen, que ofrece la primera traducción española de toda la obra conservada de Iseo, a cargo de María Dolores Jiménez López.

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