122. Discursos. Vol. I

Introducción, traducción y notas de J. L. Calvo Martínez. Revisada por J. P. Oliver Segura. De Lisias, que vivió entre 445 y 380 a. C. en Atenas, hemos conservado treinta y cuatro discursos, algunos fragmentos y unas pocas cartas de autoría dudosa. En la Antigüedad se le atribuyeron más de cuatrocientos, de los cuales quizás la mitad procedían de su pluma. Fue considerado como uno de los diez grandes oradores griegos y, entre esos diez maestros de la retórica ática, Lisias destacaba por su estilo sobrio y claro. Dionisio de Halicarnaso dice, al comentar las virtudes de su retórica, que su dicción era pura, propia, clara, concisa y densa. Con razón los aticistas oponían a Lisias como modelo del decir y argumentar a las pompas del asianismo y sus teatrales metáforas. En Roma los partidarios de la oratoria clara y sencilla también lo tomaron como modelo, frente a una retórica recargada y profusa como la de Cicerón. Lisias fue ante todo un buen abogado de causas privadas, un buen logógrafo. Tan sólo nos queda una muestra de discurso apodíctico, su Discurso fúnebre en favor de los aliados corintios, un lógos epitáphios que puede parangonarse con otros del mismo género. Pero en esa clase de oratoria Lisias no logró competir con su contemporáneo Isócrates. Por sus obras forenses nos hacemos una idea muy clara de la sociedad de su tiempo, de esa Atenas democrática donde los pleitos eran frecuentes y los tribunales un es-pacio para demostrar la inteligencia y el dominio de la expresión. Lisias es uno de los escritores clásicos, y sus virtudes expresivas son también clásicas.

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