En 1897 se publicaron dos clásicos de la literatura vampírica: el célebre Drácula, de Bram Stoker, y la injustamente olvidada La sangre del vampiro.
Harriet Brandt, hija de una mestiza acusada de brujería y de un científico loco, abandona su Jamaica natal para viajar por primera vez a Europa. Una vez establecida en Londres, su atractivo exótico parece cautivar a los que la rodean. Hasta que pronto un velo de recelo y oscuridad cae sobre ella, ya que todos aquellos que se le acercan demasiado parecen enfermar o incluso mueren.
Con La sangre del vampiro, Florence Marryat enriqueció a finales del siglo XIX la mitología vampírica de manera sorprendente, mediante una historia extraña e hipnótica en la que caben el ocultismo, la ciencia, la herencia y la reivindicación feminista.